Entrevista a Cristina Domenech

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Las personas necesitamos referentes. Si alguien cree que no, es porque nunca le han faltado. Cristina Domenech (@firecrackerx), malagueña nacida en 1987, victoriana de día y neovictoriana de noche (además de profesora en la universidad), ha dedicado gran parte de su vida a desmentir esa creencia arraigada de que las personas LGTBIQ+ aparecieron de la nada a finales del siglo XX y ahora invierte su escaso tiempo en compartir esa información para que todo el mundo pueda mirar al pasado y encontrar a alguien con cuyos sentimientos se identifica en la historia.

El 7 de marzo de 2018, publicaba un hilo en Twitter que comenzaba de la siguiente manera: 

“Bueno, amijos, como lo prometido es deuda, pues hoy os voy a contar la historia de las dos señoras que se empotraron y luego no se sabía si eran lesbianas porque se regalaron una biblia. Hilo:”Así empezaba el viaje de una autora que no habría imaginado ni en sus mejores sueños (o pesadillas) que esto podría pasarle. Tras ganar miles de seguidores en pocas horas, su público empezó a pedir más y más hilos de señoras olvidadas por la historia cuyas vidas son tan increíbles que no se entiende que no hayamos hablado de ellas hasta ahora. Esos hilos, que aún podemos disfrutar libremente en el perfil de Twitter de Cristina con la frescura que los caracteriza y que enganchó a tantas personas, se convirtieron en un libro tierno y divertido que fue publicado el 17 de octubre de 2019 por la editorial Plan B, de Penguin Random House, Señoras que se empotraron hace mucho. Ahora, poco más de un año después, llega Señoras Ilustres que se empotraron hace mucho, que cuenta las historias de nombres más conocidos, como Virginia Wolf o Frida Kahlo, desde una perspectiva diferente y aderezada con las preciosas ilustraciones de Medusa Dollmaker.

De pequeña, ¿por dónde empiezas a buscar?

Yo salí del armario muy joven, con doce años. Siempre me había gustado mucho leer y leía todo lo que pillaba. Pero con esa edad no tenía acceso a ningún tipo de archivo, histórico o ficticio, de tema lésbico. Prácticamente no existía, en realidad. Pero, un día, encontré Orlando (1928) de Virginia Wolf, sin saber nada de ella. En esa novela se tratan claramente temas queer, tanto identidad de género como orientación sexual, así que fui a buscar información sobre Virginia Wolf y me sorprendí al ver que se había escrito hace mucho. En mi cabeza sabía que las lesbianas siempre debían haber existido, pero los conceptos “historia” y “mujer queer” no se me cruzaban. Me quedé bastante pillada al respecto y comprendí que debía haber más. Nunca me había planteado que podía mirar atrás en la historia y encontrar reflejos de mis propios sentimientos. Desde ese momento, me obsesioné con la idea de encontrar más nombres. Los tres primeros años fueron terribles, no tenía acceso a nada y Amazon no funcionaba como ahora. De hecho, era la época en la que internet estaba empezando a entrar en las casas. Algo encontré indagando en bibliotecas, pero muy poco. Con dieciocho años, cuando entré en la universidad… la biblioteca era otro rollo. De hecho, había leído en un libro que existía una tesis de la Universidad de Málaga llamada Juego de damas, una aproximación al homoerotismo femenino (1996) de Luz Sanfeliú que era imposible de comprar (hoy en día está disponible en la Casa del libro y en Amazon), pero estaba en la biblioteca. Estuve dos años pensando que sacar ese libro sería lo primero que hiciera al llegar a la universidad. Literalmente, el primer día fui a buscarlo con el carné cutre de cartón que te daban mientras esperabas el de plástico y lo conseguí. Con el tiempo lo encontré en una librería de segunda mano por casualidad y lo pude comprar. Ese libro, que es muy cortito, contenía muchísimos nombres de los que tirar, para mí fue una locura. A partir de ahí, entre Amazon y los archivos digitales he podido ir avanzando y, si antes descubría una historia cada tres o cuatro meses, ahora tengo una lista de nombres pendientes a los que aún no me ha dado tiempo a investigar. Siempre intento ir a por las más desconocidas. 

En según qué siglos hay que ir con pies de plomo a la hora de confirmar si un personaje era queer o no. Pero también es cierto que, en ciertas instancias en las que la amistad romántica no pasaba a un ámbito erótico, algunas historias son perfectamente recuperables para la historia queer. Es decir: yo no sé si las damas de Langollen se acostaron alguna vez en su vida, no hay pruebas. Pero vivieron juntas cincuenta años, ¿necesito yo prueba alguna? Hay quien dice que “en aquella época, una mujer no podía estar sola, tenían que buscar a alguien con quien vivir”; eso es cierto, pero no es que no se pudieran casar: es que se estuvieron fugando sistemáticamente durante años. ¿Si se acostaron o no se acostaron? Me da igual.

El hecho de que al matrimonio heterosexual lo llamemos “matrimonio” ahora y en el siglo XIX no quiere decir que las cosas sigan siendo como solían ser entonces, en absoluto. Pero nadie tiene problema en llamarlo así y hablar de la “historia del matrimonio”. Es cierto que nos deberíamos oponer a usar términos contemporáneos en contextos históricos, pero la verdad es que la visión al respecto es totalmente subjetiva. Muchas de esas mujeres eran conscientes de que se sentían romántica y sexualmente atraídas por otras mujeres y algunas lo vivían abiertamente, ahí tenemos a Ann Lister. Mujeres que buscaban marido y se sentían atraídas por los hombres se acostaron con ella sin ningún problema y eso era algo más común de lo que imaginamos en la era victoriana. Es chocante encontrarse esa clase de testimonios a principios del siglo XIX porque tenemos la manía de verlo como una época muy encorsetada, pero los victorianos sabían mucho más de lo que nos imaginamos.

Muchas veces, los más pesados somos nosotros. Nos esmeramos en buscar las fuentes más fiables del mundo porque vamos esperando la confrontación y no afirmamos nada si no está cubierto desde todos los ángulos. Cuando encontré la historia de Charity y Sylvia, jamás habría imaginado que dos mujeres de un pueblo en Estados Unidos a principios del siglo XIX, en una zona marcada aún por un fuerte puritanismo, vivieron tan abiertamente sus sexualidad sin ningún tipo de consecuencia. Eso me hace pensar que pudo haber muchas más y no lo sabemos, pero siempre nos ponemos en lo peor.

Tu primer hilo comienza con tu famosa coletilla “lo prometido es deuda”, pero dices que, antes, no tenías apenas seguidores. ¿Con quién era esa deuda?

Por aquel entonces, estaba estudiando un libro mítico de principios de los 80 llamado Surpassing the love of men (1981, Lillian Faderman) en el que ni siquiera aparecía Ann Lister, así de icónico de los comienzos es. Es el libro que siempre recomiendo para comenzar a estudiar a lesbianas en la historia, aunque algunas cosas se han quedado un poco pasadas. En él aprendí la historia de las señoras de la biblia. Yo estaba investigando otra cosa pero siempre pasaba por ese capítulo y me quedaba impresionada por la comedia del asunto. Comenté por Twitter que algún día debería compartir esa historia y Eva Cid (@evcdmr), que también tiene bastante presencia en Twitter como crítica de videojuegos, me suplicó que lo hiciera. De modo que, lo prometido era deuda, conté la historia de las señoras con la biblia. 

Después de hacerlo me desconecté un poco de las redes y cuando regresé a las 24 horas aquello había explotado. Pasé de ciento y pico seguidores a más de diez mil. Casi me borro la cuenta de la impresión. Ya me he curado de espanto después de dos años, pero al principio me costaba sobrellevar la presión. Sin embargo, comprendí que era una oportunidad única para la historia de las lesbianas y bisexuales y decidí aprovecharla.

¿Cómo te contacta Penguin Random House para publicar el primer libro?

Cuando los hilos empezaron a salir, yo estaba trabajando en Educación. Me contactaron varias editoriales y yo rechacé a todas porque no me veía con tiempo ni material. Pasaron los meses, me seguían contactando y yo me seguía negando, hasta que, finalmente, empecé a trabajar en Letras con un horario más regular y podía planteármelo. Además, empezaron a llegar ofertas de editoriales más grandes a las cuales era más difícil rechazar, como Penguin, Planeta o Blackie. Hablé con varias y escogí Penguin porque tenían la idea más cercana a mi idea del libro, una recopilación de los hilos. Yo no quería hacer nada muy académico, sino más bien divulgativo e informativo para que las historias fueran accesibles a más gente. Yo no pensaba que fuera a vender mucho porque una de mis condiciones era que los hilos se quedasen en internet gratis, porque entiendo que hay gente que quizás no puede meter ese libro en su casa y a mí me interesa que llegue a todas las personas que lo necesiten. 

Entonces, ¿el segundo libro se ha creado en un año?

El nuevo libro de Cristina Domenech

Sí, ha sido una locura. En el otro también tardé pocos meses, pero estaban los hilos hechos, solo era cuestión de reestructurarlos. Hay tres personajes que no tenían hilo y las historias están acolchadas con datos que en Twitter no pegaban tanto. Pero estas son historias que suenan a todo el mundo. Ha sido bastante sorprendente que, cuando tuve el concepto del libro y lo comenté con mis conocidos, vi que la gente sabe quiénes son, pero, en realidad, nunca han leído un poema de sor Juana Inés de la Cruz o han visto una película de Greta Garbo. Parece que, precisamente por conocerlas, las descuidamos.Yo no quería que el segundo libro llevase el “que se empotraron hace mucho” porque no es una segunda parte del primero. De hecho, hay gente que piensa que es una reedición ilustrada del anterior y no es así. Tienen muchas cosas en común, pero no lo es. Me propusieron hacer una segunda parte y yo no podía llevarlo adelante, con el trabajo a tiempo completo y todo el esfuerzo que requiere hacer un libro así. Sin embargo, llevaban tiempo pidiéndome hilos sobre personajes más típicos: Virginia Wolf, Emily Dickinson, Safo… Yo siempre pensaba: “¿para qué voy a hacer un hilo sobre Virginia Wolf si está su biografía gratis en internet?”, pero la gente quiere que se lo cuenten, no quieren ir a buscarlo. De modo que este libro es eso, con los nombres de señoras más famosas (que, a veces, ni siquiera se sabe si son lesbianas). No son biografías al uso, se trata de entender por qué estás personas están en nuestro imaginario lésbico y otras no, aunque algunas ni siquiera están confirmadas. Así que yo diría que es un Señoras 1.5 más que un Señoras 2.

¿Tus colegas te toman en serio?

Mis colegas me toman muy en serio porque ahora hay dos personas de mi edad en mi departamento que también estudian queer, no estamos solos. Además, cuando hago un trabajo o una ponencia me entrego al máximo y siempre voy muy preparada por lo que pueda pasar, así que me toman en serio. Hay quien decía al principio que era un campo muy limitado y estrecho, pero se está demostrando que no es así. Que te respeten en un campo no depende solo de ti misma, pero sí en gran parte es el trabajo que tú le metas.

Has escrito el prólogo del libro Maricones de antaño de Ramón Martínez (@ramonmartz). ¿Cómo ha surgido eso?

Ramón y yo nos conocemos desde hace un par de años, siempre que subo a Madrid intento tomarme un café con él. Trabajamos en ámbitos muy similares, aunque él se mueve en el mundo hispánico y yo en el anglosajón. Ambos intentamos ampliar nuestras fronteras en ese aspecto. Me pidió que escribiera el prólogo y acepté encantada, porque no es solo un compañero de campo, también es un amigo. Siempre que coincidimos intentamos intercambiar datos: cuando encuentra alguna mención a una mujer me la pasa y si yo encuentro alguna a un hombre desconocido se la paso a él.

¿Conocías también a Iria G. Parente (@iriagparente) y Selene M. Pascual (@SelenePetalos)?

No las conocía tanto como ahora, pero nos movíamos en círculos parecidos a través de Rocío Vega, la escritora, una de mis mejores amigas en el mundo entero. Ella ya había publicado su primer libro y estaba bastante metida en el panorama literario juvenil en España y era quien conocía a Iria y a Selene, aunque no hablaba mucho con ellas al principio. Hicieron un grupo de gente que escribía y Rocío me metió. Yo estaba volviendo a escribir ficción por placer y sabía que Rocío tenía un círculo muy sano de gente que escribía a su alrededor, de hecho volví a Twitter tras pasar años apartada para empaparme un poco de todas esas personas. Apenas unos meses después empecé con los hilos y, dos años más tarde, la relación se ha estrechado mucho.

Iria y Selene son un perfecto ejemplo de matrimonio bostoniano del siglo XXI, dos mujeres que se han ido a vivir juntas para apoyarse artística y económicamente y que funcionan muy bien juntas (aunque no son pareja).

¿Te reconoce mucha gente por la calle?

En la calle no, en la facultad sí. Mis alumnos me tienen fichadísima y todos los años cometo el error de creer que no lo van a saber. El año pasado di una clase en la facultad de Ciencias de la Salud y ninguno de mis alumnos se manifestó en mis redes abiertamente en todo el año. Pensaba que, al estar ahí en lo lejano de la facultad, no me habían reconocido y me sentía libre, de incógnito. Yo me creía la noche. Pero no: el día del examen se me acercó una chica con el libro para que lo firmase y resultó que todos lo sabían. 

Aun así, he tenido anécdotas graciosas cuando he quedado a firmar libros con personas que me han reconocido. Incluso quedé con una chica para enseñarle a leer el código de Ann Lister. Me gusta que me reconozcan porque eso significa que la información que estoy dando se está compartiendo y eso, especialmente en la facultad, me parece muy importante, porque en un par de generaciones habrá muchos aspirantes a profesores o ayudantes de doctores especializados en queer.